Artistas, escritores, cineastas y personajes que han marcado la historia de este país.
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Francia: tierra de asilo para artistas extranjeros

No contamos los escritores, pintores, músicos y bailarines que siguieron. Para los artistas extranjeros Francia es, más que un país, un concepto de país, una idea de felicidad y del arte de vivir. ¿No fue eso lo que atrajo a Josephine Baker, la célebre cantante y bailarina negra americana, que terminó su vida en Périgord (suroeste de Francia), cuya luz atenuaba la miseria de sus últimos tiempos, o al novelista americano Henry Miller, quien, en los años treinta y para mayor felicidad suya, pasó días poco tranquilos en Clichy (cerca de París) como un auténtico hambriento de xnxx sexual?

Hemingway, Faulkner y todos los grandes escritores anglosajones del siglo XX llegaban a París para vagar a lo largo del río Sena y tutear a los libreros, para salir por la noche en Montparnasse y terminar a las cinco de la mañana como el dramaturgo irlandés Samuel Beckett, quien vivía en el distrito XIII y volvía a casa titubeando por el alcohol y la hora tardía, no muerto de borracho sino vivo de borracho. Un París romántico donde los músicos de Jazz también eran acogidos con los brazos abiertos: de Sidney Bechet a Miles Davis, pasando por Bud Powell, Duke Ellington o Hal Singer, fue en Francia donde mejor se dieron a conocer.

Los artistas extranjeros encontraron en Francia cobijo para su genio incomprendido. Venían a Francia porque aquí se les entendía: el irlandés James Joyce consiguió publicar Ulyses gracias a Adrienne Monnier y a Sylvia Beach, dueñas de una tienda en la calle Odeon de París, y el americano de origen ruso Vladimir Nabokov lanzó su sulfurosa Lolita con la ayuda de Maurice Girodias, su valiente editor francés. Y qué decir de los cineastas extranjeros, que sólo fueron apreciados gracias a la cinefilia francesa. Muchos son los que vivieron en París gracias a la Filmoteca francesa, que vieron sus obras acogidas y aplaudidas en el Festival de Cannes, que, en definitiva, sólo pudieron trabajar gracias al esfuerzo de los productores franceses, empezando por Gaumont: los italianos Roberto Rossellini y Federico Fellini, el alemán Wim Wenders, el griego Costa-Gavras o el iraní Abbas Kiarostami.

Una historia sin final

De esta forma se dibuja un itinerario romántico a través de las calles de la capital francesa, a través de las épocas. Primero el americano Henry James, autor de Otra vuelta de tuerca, que acaba de conocer a Paul Verlaine y que entra solo en su habitación congelada. Y ¿quién es esta apuesta mujer que se instala en la calle de Varenne en 1906? Se trata de la novelista americana Edith Wharton. ¿Y esta otra que viene a seguir las enseñanzas de Degas? Se llama Mary Cassatt, una pintora americana. Le sigue el novelista americano James Baldwin, que frecuentaba los inseguros hoteles de Saint-Germain-des-Près en los años cincuenta. Y he aquí al escritor neoyorkino Paul Auster, errando en el mismo barrio veinte años después. ¿Una gran actriz de gafas negras y foulard sobre el rostro que los paparazzi esperan a la salida de su casa, en la avenida Montaigne? Marlene Dietrich, por supuesto. Y después Jerome David Salinger, y después Scott Fitzgerald, y después… Los artistas americanos no dejaron de sentir por Francia fascinación y pasión, pero también recelo por sus homólogos franceses.

¿Y hoy? Algunos han venido buscando asilo político, como Atiq Rahimi, el escritor afgano que vive hoy en París y que supo encontrar en POL un editor y en Bernard-Henri Lévy el productor de su primera película, cuyo rodaje acaba de terminar. Aún en este aspecto, la tradición de artistas que huyeron de las dictaduras y encontraron refugio en nuestro país no data de ayer: el trío español de Pablo Picasso, Salvador Dalí y Luis Buñuel también se instaló en Francia. Su pintura y su cine se convirtieron en una parte esencial de nuestro patrimonio.

Jorge Semprún y Michel del Castillo, dos novelistas de origen español, viven en Francia y escriben en francés. Milan Kundera terminó adoptando nuestro idioma después de huir de su Checoslovaquia natal. Como Cioran, el escritor rumano, Vassilis Alexakis, El Griego, o François Cheng, el más francófono de los escritores chinos.

Cerca de 25.000 artistas

Se instalan en nuestra cultura como si cambiaran de dirección. Y así crece la proyección de Francia, se amplían sus fronteras, se desarrolla su universalidad para atraer a nuevos artistas extranjeros. El trabajo de los institutos culturales franceses en el mundo, cuyas bibliotecas reciben cada año un millón de novedades, las fiestas del libro, los festivales, contribuyen en gran medida.

“Hoy se representa a Racine en Cracovia, Molière en Nuakchott, se habla de los premios Goncourt en francés en Glasgow”, escribía recientemente el académico Jean-François Deniau. Francia atrae, acoge y sigue fascinando. Hoy se estima que 25.000 artistas extranjeros viven y trabajan en Francia. Imposible citarlos a todos: Roman Polanski, Kristin Scott Thomas, Emir Kusturica, Angelin Prejlocaj, Jordi Saval, John Galliano, Anselm Kiefer…

Francia es sobre todo una tierra donde a los extranjeros les gusta vivir. ¿Cuántos actores y cineastas fueron seducidos por el suave clima de la Costa Azul? (a orillas del Meditérraneo) H.G. Wells, autor de La guerra de los mundos, solía alojarse en el hotel Négresco de Niza y recorría el Paseo de los ingleses en berlina. Hoy, la novelista canadiense Margaret Atwood pasa cada año largos meses en Provenza, como hiciera antaño el escritor británico Graham Green, quien se retiró allí. Vienen aquí a probar la calma y la tranquilidad, y respiran el buen aire de nuestro país. Feliz como un artista extranjero en Francia…

EL MARQUÉS DE SADE – SADE NEWTONIANO

Si uno se adentra en la lectura de la Antología de cuentos de terror que Rafael Llopis publicó en 1963 puede encontrar, entre otras macabras sorpresas, una justificación del mal apoyada en la cosmología newtoniana. Tal hazaña literario-filosófica la debemos a la perversa pluma del Marqués de Sade; y el relato que la ha inmortalizado –una «nouvelle» de Les Crimes de I’Amour (1800) – se titula Rodrigue, ou la tour enchantée.

No discutiremos aquí las razones para incluir este escrito sado-newtoniano en una antología de narraciones terroríficas, nos interesa solamente mostrar, a través de este relato, como el Divino Marqués se sirvió de las teorías newtonianas para apuntalar su propia concepción del mundo, como el universo renqueante de Newton –un reloj de cuerda que atrasa, en opinión de Leibniz– se convierte, en el boudoir sadiano, en un cosmos preñado de maldad.

EL texto que someteré a la consideración del paciente lector es la alusión a Newton y al newtonianismo más importante que he encontrado en la obra de Sade. La <nouvelle» Rodrigue se halla inspirada –como nos refiere el propio Sade en su Idée sur les Romans que prologa Les Crimes de I’Amour– en una crónica del historiador árabe Abul-coecim-terif-aben-tariq (sic); pero los fragmentos newtonianos están extraídos casi literalmente –como mostraré– de Eléments de Philosophie de Newton (1728) de Voltaire. Es probable que Sade leyera esta obra en el tomo 31 de la edición de Kehl de las Œuvres Complètes (1785-1801) de Voltaire, la cual sabemos que poseía al final de su vida en el manicomio de Charenton.

El protagonista de la susodicha «nouvelle», que da nombre al relato, es aquel legendario rey Rodrigo cuyos amores y devaneos con Florinda, hija del conde don Julián, «de la perdida de España», dice el romance que fueron «funesto principio». No es de extrañar que nuestro Marqués encontrara atractivo a este rey «que sólo escucha / las voces de sus deseos». Perdida la batalla que franqueó la entrada en España de la morisma, el desventurado monarca del relato sadiano busca ávidamente unos tesoros escondidos para poder reorganizar un ejercito y así hacer frente al infiel. Estos tesoros se hallan en la Torre Encantada, cerca de Toledo. Allí la Estatua del Tiempo le informa que tiene que ir a los infiernos a buscar el botín. Ni corto ni perezoso Rodrigo realiza un dantesco viaje al Tártaro para, acto seguido, emprender una travesía por el Empíreo a lomos de un águila. Este viaje aéreo es el que convoca nuestra atención. Esta claramente dentro de la tradición literaria que inauguró el Icaromenipo de Luciano de Samósata y en la que se pueden incluir entre otros el viaje aéreo de Alejandro en el Libro de Alexandre (estr. 2497 y ss.) –por poner un ejemplo español–, el Viaje a la Luna de Bergerac o el Micromegas de Voltaire (que seguramente conocía Sade).

La aventura volandera de Rodrigo sirve al divino Marqués para exponer un resumen divulgativo del sistema solar newtoniano. Así, instalado a horcajadas sobre el águila, Rodrigo pass revista a los planetas y satélites entonces conocidos: la luna, venus, mercurio; marte, saturno y júpiter. A pesar de que uranio había sido ya descubierto (por William Herschel en 1781) Sade no lo menciona porque su fuente son los Eléments… de Voltaire, obra de 1728. Después de hacer el águila –a instancias de Rodrigo– algunas consideraciones acerca de las virtudes de los habitantes de estos planetas llegan a las cercanías del sol. El rey visigodo no pierde esta ocasión de ampliar sus conocimientos cosmológicos, y a requerimiento suyo es informado por su cabalgadura:

«Este foco (foyer) sublime de luz [el sol] está a treinta (millones de) leguas de nuestro globo, y nosotros no estamos más que a un millón de leguas de su órbita [?]; (…) es un millón de veces más grande que la tierra, y sus rayos llegan allí en ocho minutos».

Llegados a este punto una nota a pie de página del propio Sade (nota, dicho sea de paso, que omite R. Llopis en su antología) nos informa que «todo esto (a saber, los susodichos datos relativos al sol) está en el sistema de Newton».

También a la pregunta de Rodrigo de si la sustancia del sol es siempre la misma da el Águila una respuesta newtoniana: «No lo es, los cometas que caen de cuando en cuando en su esfera son los que le sirven para reparar sus fuerzas». Esto está tomado de los ya mencionados Eléments… de Voltaire. Compare el curioso lector los textos de Sade y Voltaire (sobre todo las partes que me he permitido subrayar):

TEXTO DE SADE:

«–Cet astre, dont l’approche m’effraie, demanda le roi, a-t-il donc toujours sa même substance? Est-il possible qu’elle soit toujours égale?

–Elle ne l´est point, reprit l’aigle; ce sont les comites, gui tombent du temps en temps dans sa sphère, gui servent a réparer ses forces».

TEXTO DE VOLTAIRE :

«Le soleil perd toujours, selon Newton, un peu de sa substance, et serait dans la suite des siècles réduit a rien, si les comites, qui tombent de temps en temps dans sa sphère ne servaient a réparer ses pertes: car tout s’alter e et tout se répare dans l’univers».

Rodrigo aprovecha tan didáctico viaje para conjurar de una vez por todas las fábulas y mentiras que le han contado sus «curas supersticiosos y malvados» y así oye del pico de su cicerone ni más ni menos que la teoría newtoniana del movimiento libratorio del sol:

«El centro común, hacia el cual todos los planetas gravitan, está casi en medio del sol; este astro gravita hacia los planetas; la atracción que el sol ejerce sobre ellos sobrepasa la que ellos ejercen sobre el tantas veces como él los sobrepasa en cantidad de materia; este astro sublime cambia de lugar en todo momento, en la medida en que es más o menos atraído por los planetas, y esta ligera aproximación del sol restablece el trastorno que los planetas operan unos sobre otros.

»–Así pues, replicó Rodrigo, el trastorno continuo de este astro mantiene el orden en la naturaleza». También aquí Sade esta plagiando a Voltaire y también aquí ofrezco ambos textos para su cotejo:

TEXTO DE SADE:

«cet astre sublime change de place á tout moment, à mesure qu’il est plus o moins attire par les planètes, et ce léger approchement du soleil rétablit le dérangement que les planètes opèrent les unes sur les autres.

«–Ainsi donc, reprit Rodrigue, le dérangement continuel de cet astre entretient l’ordre dans la nature».

TEXTO DE VOLTAIRE:

Il [el sol] change donc réellement de place a tout moment, á mesure qu’il est plus ou moins attire par les planètes: et ce petit approchement du soleil rétablit le dérangement que les planètes opèrent les unes sur les autres; ainsi le dérangement continuel de cet astre entretient l’ordre de la nature».

Y ahora viene el texto que más me importa: la moraleja que el marqués de Sade destila de la precedente descripción de la libración solar; moraleja que pone en boca de Rodrigo: «He aquí pues el desorden necesario para el mantenimiento de las cosas celestes. Si el mal es útil en el mundo, ¿por qué quieres tú reprimirlo? y ¿quién asegura que de nuestros desórdenes diarios no nace el orden general?».

Sade utiliza, como vemos, el sistema newtoniano para ilustrar la rerum concordia discros que en última instancia alienta tras su idea de la necesidad del mal en el mundo. La réplica del águila a Rodrigo no hace más que apuntalar la tesis sadiana: «Lo que lo parece desorden en ella [la naturaleza] no es tal vez más que una de sus maneras de llegar el orden». Palabras similares puso Sade en labios del libertino Papa Braschi, Pío VI, en su disertación sobre el asesinato al final de la cuarta parte de la Histoire de Juliette (locus clásico de la concepción de la naturaleza en Sade): «Lo que llamáis desorden, no es otra cosa que una de las leyes del orden que desconocéis». Como el texto de Voltaire pone de manifiesto, el discurso del águila y la réplica de Rodrigo no son sino un mismo discurso que no deslinda la física (el «desorden» del sol) de la ética (el desorden del libertino). En un mundo sin libertad el desenfreno del libertino obedece a la misma ley por la que se mueven los astros: «Los desdichados que el azar nos ofrece [se entiende: a los libertinos] o que hacen nuestras pasiones, son en los planes de la naturaleza como los astros con que nos ilumina, y se hace tanto mal turbando esta sabia economía como podría hacerse si se turbara el curso del sol, si [hacer] ese crimen estuviera en nuestro poder». Como dice Octavio Paz en su poema dedicado a Sade:

«Los cuerpos, frente a frente como astros feroces, están hecho de la misma sustancia de los soles».

La historia de la astronomía es la historia, digámoslo así, de la desplatonificación del cielo. Los dos principios básicos que han dominado la astronomía antigua han sido el de geoestaticidad y el de circularidad, ambos creación platónica. Hiparco de Rodas conservó ambos principios pero hizo excéntricos los deferentes sobre los que se deslizaban los epiciclos de los planetas. Ni la tierra, ni el punctum aequans (centro de velocidad angular) estaban ya en el centro del universo. El primer principio, el de la geoestaticidad, fue criticado innumerables veces de Filolao en adelante hasta que Copérnico dio definitiva cuenta de él. El segundo principio, el de la circularidad, puesto en duda por Nicolás de Cusa y Tycho Brahe, fue definitivamente derribado con la revolución kepleriana, que hace, como es sabido, de las trayectorias de los planetas elipses con dos focos en uno de los cuales está el sol. No es intempestivo hacer notar aquí que Kepler consumó precisamente su descubrimiento al identificar la libración de marte con su elipse. A pesar de todo esto, aún conservaba gran pureza la geometría celeste. Será con Newton y su teoría de la gravitación universal cuando el cálculo de los movimientos de los astros se complicará de tal modo que da la impresión que el firmamento ha abandonado definitivamente la geometría. El Dios newtoniano es justamente el nuevo geómetra que ha de garantizar el orden en este nuevo cosmos, pues el propio Newton dudaba que las fuerzas del sistema solar, tan numerosas, cuya posición es tan variable y que son tan diferentes en intensidad, pudieran mantenerse permanentemente en equilibrio.

Esta liquidación del platonismo es precisamente lo que interpreta Sade como la prueba física de la presencia y necesidad del mal en el mundo.

La sensación de desasosiego que produce un universo lleno de cuerpos que gravitan entre sí, donde por mor de la atracción todo influye sobre todo se puede observar, por ejemplo en el Éloge de Fontenelle dedicó a Newton: «Cada uno de los cinco satélites de Saturno pesa sobre los otros cuatro y los otros cuatro sobre él; los cinco pesan sobre saturno, y saturno sobre ellos: todo ello junto pesa sobre el sol y el sol sobre ese todo. ¡Qué geometría ha sido necesaria para desenredar este caos de relaciones!». Sin embargo Newton no lo desenredó del todo; habría que contar con los trabajos de d’Alembert, Euler, Clairáult, Laplace, etc. para que todo fuera encajando en el nuevo universo. De hecho, en el artículo «Gravitation» de la Encyclopédie (1751-1765) de Diderot y d’Alember no se considera verificada todavía la gravitación universal.

Para Sade no vivimos en un universo honesto; el cosmos muestra impúdico y procaz los crímenes que son su sustancia y su motor. «Levanto los ojos sobre el universo –se dice en Juliette–, veo el mal, el desorden y el crimen reinar allí por doquier como déspotas». Pues bien: este universo es newtoniano. El «hogar (foyer) de la maldad» («foyer» llamaba el Águila al sol de Newton: véase supra) no es sino «la materia primera de la composición del mundo». Este «hogar de la maldad» es, parafraseando al Dante, el crimen que mueve al sol y a las demás estrellas.

Sade ve en el universo newtoniano una idea clásica de la economía política burguesa: El orden general se consigue a través del desorden individual; el egoísmo –vicio privado– se trasmuta en virtud pública en razón de una «mano invisible» (A. Smith) que no es sino el trasunto del Relojero newtoniano. La naturaleza malvada del hombre contribuye, malgré lui, a establecer la legalidad y el orden sociales. Así el ordenado desorden del sistema solar de Newton se puede considerar la imagen astronómica de la ugensellige Geselligkeit kantiana.

El anhelo de la burguesía ilustrada es el de construir un mundo moral y político acorde con el nuevo universo newtoniano. El propio Newton, al final de su Optics (1704) predice que, siguiendo su método, no sólo se perfeccionará la filosofía natural, sino que los límites de la filosofía moral también se verán ensanchados. La profecía newtoniana se convierte en imperativo en Robespierre: «Todo ha cambiado en el orden físico; todo debe cambiar en el orden moral y político. La mitad de la revolución del mundo está ya hecha; la otra mitad debe cumplirse». Precisamente fue en la revolución francesa, como dice Michelet, cuando «la tierra, por primera vez, respondió al cielo en las revoluciones del tiempo». En este mismo sentido es reveladora la opinión de Hegel en sus Grundfnien der Philosophie des Rechts (1821) cuando escribe que las leyes de la economía política tienen «una similitud con el sistema planetario, el cual siempre muestra a los ojos un movimiento irregular».

En realidad no son los cielos el modelo del nouveau régime sino por el contrario su reflejo, su imagen especular, su ser-para-sí. Sade no ve en los cielos más que a la nueva sociedad burguesa que quiere disolver la geometría social del absolutismo e imponer un nuevo orden. Los materialistas franceses del siglo XVIII buscan en el universo newtoniano la Fundamentación del orden social porque, en última instancia, ya han concebido ese universo a imagen y semejanza del nuevo orden burgués; ven en el sistema de Newton la sociedad que nace con la revolución del mismo modo que Darwin vela –como dice irónicamente Marx– «en las bestias y las plantas a su sociedad inglesa». En este sentido, el «hogar de la maldad» sadiano, ese corazón de las tinieblas que palpita desde el fondo de la naturaleza, es inseparable del fundamento criminal del nuevo estado republicano.